Arturo Ui está vivo

30/Sep/2026

Radio Jai- por Eduardo Kohn

 

 

A 54 años de la masacre de los Juegos Olímpicos de Múnich, Eduardo Kohn repasa el atentado que terminó con la vida de 11 integrantes de la delegación israelí y analiza cómo el antisemitismo continúa manifestándose en Alemania. Desde el recuerdo de aquella tragedia hasta las agresiones sufridas hoy por estudiantes judíos, el autor advierte sobre la persistencia de un fenómeno que, lejos de haber desaparecido, vuelve a mostrar señales preocupantes. “Arturo Ui está vivo”, concluye.

 

Hace pocos días se cumplieron 54 años de la masacre perpetrada por terroristas palestinos durante los Juegos Olímpicos de Munich en 1972, donde asesinaron 11 deportistas israelíes.

 

En 2024, Thomas Bach, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional ordenó retirar el busto de uno de sus antecesores, Avery Brundage, expuesto en el Museo Olímpico de Lausana. Bach, campeón olímpico en esgrima en Montreal 1976, es alemán nacido ocho años después del fin de la II Guerra Mundial y sintió que tenía dos poderosas razones, Berlín 36 y Múnich 72, para expiar su aplastante sentimiento de culpa colectiva en la memoria del execrable Avery Brundage, quinto presidente del COI y el tercero que más años (veinte, entre 1952 y 1972) ostentó el cargo tras el Barón de Coubertin y Juan Antonio Samaranch.

 

Amigo del piloto nazi Charles Lindbergh, declarado admirador del nazismo, y seguidor de su movimiento supremacista América First, Avery Brundage se opuso con firmeza a los intentos de boicot de los Juegos de Berlín 1936 promovidos por quienes sostenían que las leyes raciales promulgadas por Hitler contravenían los principios de la Carta Olímpica. Los atletas judíos estadounidenses no participaron, ni tampoco muchos deportistas negros. Jesse Owens fue uno de los escasos afroamericanos que consintieron participar y Brundage festejó sus cuatro medallas de oro en una fiesta con Hermann Göring. Los siguientes Juegos en suelo alemán, los de Munich 72, Brundage iba a vivirlos como presidente todavía del Comité Olímpico Internacional y en ellos pasó definitivamente a la historia por su repugnante judeofobia. Al día siguiente del asesinato de los atletas de Israel, Brundage ordenó que los Juegos debían continuar. Y con amplia complicidad internacional, continuaron.

 

El 5 de setiembre de 1972, sin dificultades ante una nula seguridad alemana en la villa olímpica, ocho miembros del grupo terrorista palestino Setiembre Negro llegaron a los apartamentos de los atletas israelíes, y a las 4:25 de la madrugada, los atacantes asesinaron a dos y tomaron de rehenes a nueve deportistas y entrenadores israelíes. Para liberarlos, los terroristas exigían la excarcelación de 240 palestinos y trasladaron a los rehenes a un aeropuerto de la ciudad, donde las fuerzas de seguridad de Alemania Occidental intentaron rescatarlos. Pero el plan de rescate fracasó y se desató una masacre en la que murieron los nueve miembros del equipo israelí y un oficial de la policía de Alemania Occidental, además de cinco de los ocho terroristas.

 

Alemania exigió rescatarlos por sí sola y sin ayuda e hizo un operativo deleznable. Los francotiradores alemanes no eran tales y estaban mal equipados, no tenían sistema de radio para comunicarse con sus superiores ni entre sí, al punto que quedaron enfrentados y sólo de casualidad no se mataron entre ellos; muy tarde supieron que los captores eran bastante más de lo que se les había dicho; los helicópteros no habían aterrizado como debían, lo cual explicaría por qué los tiradores en la pista quedaron desguarnecidos, incluso uno de ellos no habría disparado casi hasta el final, preocupado por protegerse de los disparos de propios y extraños; el comité de crisis tuvo más políticos que expertos; los policías alemanes que abandonaron el avión por miedo, ni siquiera fueron sumariados muy probablemente a cambio de que no hablaran con la prensa. El 6 de setiembre, se llevó a cabo un homenaje a las víctimas en el Estadio Olímpico. Brundage, hizo una brevísima mención a los masacrados. Fue un nazi despreciable con cómplices en todos los continentes. Durante la ceremonia las banderas fueron arriadas a media asta, pero diez países árabes exigieron que sus banderas regresaran al tope del mástil. Por orden de Brundage, así se hizo.  Los tres terroristas que quedaron vivos fueron capturados por la policía alemana, que los liberó poco después que un avión de Lufthansa fuera secuestrado en un intercambio para salvar al avión y los tripulantes. Alemania entregó los terroristas a Gadafi, qué los recibió como héroes.

 

51 años después, hace 3 años, el presidente alemán Frank-Walter Steinmeier se disculpó públicamente. El presidente de Israel Isaac Herzog ya había dicho un año antes lo que significaba la omisión germana. “Durante muchas décadas, Alemania y el Comité Olímpico Internacional evitaron recordar a los once atletas. Para las familias de las víctimas, el dolor por la pérdida de sus seres queridos, y las cicatrices traumáticas que los sobrevivientes soportaron, se vieron agravados por su angustia ante esta indiferencia y frialdad”.

 

La comunidad judía alemana quizás no imaginó ni en sus peores pesadillas que del oprobio de 1972 se podía avanzar mucho más aún en este siglo. A pesar de los intentos de gobiernos alemanes demócratas de construir una memoria imprescindible de la Shoá, siempre quedaron semillas nazis plantadas que si intentaban germinar eran razonablemente enfrentadas. Hasta 2023. Más allá del apoyo del gobierno federal al derecho de Israel a defenderse, la violencia antisemita dio un salto cuádruple, algo así como una brutal demostración olímpica del odio. En 2020, se computaban casi 2 mil hechos de antisemitismo en Alemania, lo cual no era menor. Pero otra vez, la banalización y naturalización de semejante cifra engendró nuevos monstruos. Tanto en 2024 como en 2025 se han producido casi 9 mil hechos de violencia antisemita en Alemania, desde los medios, la política, la academia. 4 veces más que en 2020.

 

Un ejemplo en el marco de la academia. Fue en 2024. Ahora es peor.

 

En enero de ese año, cerca de la Universidad Libre de Berlín, Lahav Shapira salía de un local con su novia cuando fue reconocido por otro estudiante de la Universidad de origen árabe. Éste lo alcanzó, le dio varios puñetazos en las costillas, Lahav cayó al suelo y recibió patadas en la cara y en el estómago, quedando con contusiones, la nariz rota y una fractura en el hueso debajo del ojo. Lo operaron y por un tiempo sólo pudo respirar por la boca. Aunque la Fiscalía catalogó la agresión como antisemita, el agresor, perfectamente identificado nunca fue detenido. El libretista del infierno además nos hace saber que el abuelo paterno de Shapira, Amitzur Shapira, fue tomado como rehén y asesinado por los terroristas palestinos en los Juegos Olímpicos de Munich de 1972. Su abuelo materno fue el único de su familia que sobrevivió al Holocausto. Los estudiantes judíos deben enfrentar hoy en Alemania a profesores defendiendo a Hamas, firmando boicots contra Israel, y a sus rectores explicando sin pudor que esas acciones son derechos a la libertad de expresión.

 

Y la política por su lado, dio su gran golpe esta semana. El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania obtuvo más del 44 % de los votos en el estado oriental de Sajonia-Anhalt. Sin embargo, la AfD no ha alcanzado la mayoría absoluta y necesitaría formar una coalición con otro partido para gobernar. Tradicionalmente, los principales partidos políticos alemanes, tanto de izquierda como de derecha, se han comprometido a mantener un cortafuegos entre la AfD y el Gobierno, lo que significa que ninguno de ellos formaría una coalición con ellos. La AfD ha obtenido más votos que cualquier otro partido en Sajonia-Anhalt en más de diez años y  ha sido calificado oficialmente de extrema derecha debido a sus numerosas declaraciones racistas y antisemitas. Por ejemplo, Alexander Gauland, copresidente del partido dijo que “Hitler y los nazis sólo son excremento de pájaro en los más de mil años de exitosa historia alemana”. Bjorn Hocke, auto percibido historiador y jefe del partido en Turingia, calificó el trabajo sobre memoria histórica y responsabilidad alemana en el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, como “cultura de la culpa”, y hace un par de meses dijo que el Memorial del Holocausto en Berlín es un “monumento a la vergüenza”. Ulrich Siegmund líder regional del partido, preguntado en una entrevista si el Holocausto había sido el peor crimen de la historia de la humanidad, respondió que no podía “arrogarse el derecho a juzgarlo” porque no conocía toda la historia humana.

 

Si recordamos el comportamiento de las autoridades alemanas en 1972; si vemos el ascenso irresistible de la violencia antisemita y su cuadruplicación en 3 años; y si vemos lo que sucedió en Sajonia esta semana, nos asentamos en las palabras de Charlotte Knobloch, de 93 años, sobreviviente de la Shoá, y ex presidenta del Consejo Judío de Alemania, cuando declaró estos días a la revista Stern “el partido nazi también comenzó siendo pequeño, y ahora el AfD, que ya no es pequeño, está probando hasta dónde puede llegar”.

 

En su antisemitismo puede llegar lejos. En el camino puede unirse con la izquierda, no sólo europea, y a medida que avance, encontrará todos los Arturo UI que ni Brecht en 1941 pudo imaginar de qué forma se multiplicarían entonces y casi un siglo después.